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Capítulo X: Contacto



Tomó mi cara entre sus manos, y posó sus ojos sobre los míos como queriendo averiguar lo que escondían, recorrió mi rostro con su mirada hasta que se detuvo en mis labios. Pude sentir como su respiración se apresuraba, lo noté porque la mía hacía lo mismo. El calor de su piel quemaba mientras se acercaba cada vez más a mí, ese momento duró una eternidad. Sus labios presionaron suavemente contra los míos lo que detuvo mi aliento, e hizo que mi corazón palpitara sin control. Se separó lo suficiente de mí para poder mirarme a los ojos, esbozó una leve sonrisa y susurró en mi oído.

-Nunca estarás sola otra vez, no mientras me queden fuerzas para mantenerme a tu lado. 
Sus palabras resonaron en mi cabeza, cerré los ojos intentado asimilar el peso de ellas y deseando 
con todas mis fuerzas que fueran verdad.

Su nariz se deslizó lentamente, rozando mi rostro desde un costado hasta llegar a mis labios nuevamente. Con una de sus manos me quitó el cabello de la cara y la otra se deslizó por mi brazo, haciéndome estremecer por el contacto, llegó hasta mi mano y la tomó dejándola en su pecho, cerca de su corazón, pude sentir sus latidos fuertes y seguros. Colocó su mano derecha en mi cintura y acercó mi cuerpo contra el suyo, con la mano izquierda tomó mi mentón y acercó mi cara hasta que estuvo a tan solo un par de centímetros del suyo, deslizó su mano por mi mejilla y puso sus dedos entre mi cabello, hice lo mismo con la mía, sin quitar la otra de su pecho, cerré mis ojos y respire profundo. Sus labios tibios ya estaban en los míos deslizándose lentamente, pero con fuerza abrazadora, mis labios tomaron su curso. Desee con todas mis fuerzas poder responder a sus palabras con una promesa tan importante como la suya, sintiendo miedo de que al abrir mis ojos no hubiera sido más que un sueño.
El beso se hizo cada vez masa intenso, pasó de ser algo sumamente agradable a una necesidad, una necesidad casi descontrolada.
Nuestros labios se sumergieron en la humedad y el calor de la pasión, siendo interrumpidos solo por la necesidad de respirar.
Aquel maravilloso beso me hizo perder la noción del tiempo. De pronto nos encontramos separados el uno del otro, casi jadeando del agotamiento.
Nuestras miradas se cruzaron de manera cómplice y note cierta inquietud en Tomás.

-Ah entiendo-dije. Tomás puso una cara de no comprender de lo que hablaba.
-A que te refieres con eso?-preguntó levantando una ceja.
-A que está bien si te arrepientes de eso y si quieres retractarte de lo que dijiste…-respondí antes de que me interrumpiera.
-Crees que me arrepiento?-acusó.
-Es que yo pensé- alcancé a responder antes de volviera a interrumpirme.
-No pienses esas cosas, lo que dije lo hice enserio. No tienes idea hace cuanto quería decirlo.­ Los días que hemos pasado juntos últimamente, no lo sé, han sido increíbles, se que nos hemos visto muy poco, las clases, el baile y ese día en tu casa, pero creo que nunca había sentido algo tan fuerte y tan rápido por alguien, aunque quizás es entendible debido a que eres la persona más especial que he conocido. Por favor no vuelvas a pensar algo así, yo…-dijo. Sus palabras me hicieron romper en llanto.
-Que fue lo que dije?-replicó desconcertado.
-Es solo que, no pensé que volvería a sentirme de esta manera otra vez-contesté entre sollozos.
-De que manera?-inquirió mientras se acercaba rodeaba mi cintura con su mano y me llevaba en dirección al sillón de cuero ubicado en la sala.
-A no sentirme sola-contesté mientras las lágrimas bañaban mis mejillas y rodaban hasta mi mentón cayendo como la lluvia sobre mis rodillas.
-Nunca te dejaré sola-añadió dulcemente. Puso sus brazos alrededor de hombros y acercó mi cabeza hacia su pecho en donde reposé mi rostro buscando consuelo en el calor de su abrazo.

No estoy muy segura de cuánto tiempo estuve allí, llorando y luego simplemente por el placer de encontrarme entre los brazos de Tomás.
De pronto sentí como el viento comenzó a pasar entre nosotros y me di cuenta de que Tomás me alejaba de su cuerpo.

-Me encanta estar así, pero…-dijo antes de que yo lo interrumpiera.
-Debemos hacer el trabajo de música-añadí separándome más aun de él y sentándome apropiadamente.
-Exacto- contestó con su sonrisa cautivadora.

Tomé mi guitarra con una mano, ya que la otra la tenia envuelta en la de Tomás. Avanzamos por el corredor hasta una habitación donde había un escritorio, un gran librero y un piano.
Quité el estuche a la guitarra y acerqué la silla que se encontraba al lado del librero, junto al piano. Tomás comenzó a tocar en el piano una hermosa melodía, la cual me pareció muy familiar.
-Es tu melodía, yo solo la modifiqué un poco para que sonara bien en el piano-dijo mientras sus 
largos dedos jugueteaban entre las teclas produciendo hermosos sonidos.
-Se escucha muy bien- agregué asombrada por lo armonioso que se escuchaba aquella melodía que un día había llegado hasta mi mente y había decidido plasmarla en la guitarra.
-Toma tu guitarra y acompáñame- añadió.

Posicioné la guitarra sobre mi regazo y comencé a tocar mi melodía. Las palabras comenzaron a agolparse en mi mente, cosas como amor, ilusión, y un montón de otras ideas y sentimientos, que en cualquier otro momento de mi vida me habrían parecido una cursilería extrema, pero bajo estas circunstancias era todo lo que podía pensar.
Tocamos la canción un millón y una de veces, hasta que mis dedos ya estuvieron cansados y adoloridos de tanto rasguear las cuerdas.

-Mira tus dedos, están rojos, déjame ver eso-dijo con real preocupación.
-No es nada- le contesté. Mis dedos estaban un poco rojos y quizás ligeramente hinchados, pero nada que con unos minutos de reposo no fueran a curar.
-Claro que si-contestó el. Tomó mi antebrazo y me dirigió por el pasillo hacia una puerta color blanco. Abrió la puerta y encendió la luz que iluminó completamente el gran baño. Abrió la llave del lavamanos y puso mis dedos bajo el agua fría. Frente a nosotros se encontraba un gran espejo en el cual podía ver como Tomás, protectora y cariñosamente, remojaba mis dedos sin prestar atención a que lo observaba. Cuando por fin se dio cuenta bajé mi rostro con las mejillas encendidas por la vergüenza.
-Te ves muy tierna así- dijo juguetonamente.
-Así como?-le contesté apartándome de él.
-Así, avergonzada, pero sabes no tienes nada de qué avergonzarte, al menos no conmigo- replicó poniendo sus manos sobre mis hombros.

Le sonreí y luego me acerqué para besar su mejilla.

-Gracias- susurré en su oído.
-Porque?-preguntó.
-Solo gracias- añadí. Rodeó mi cuerpo con sus fuertes brazos  y besó mi frente.
-Que quieres hacer ahora?- preguntó sin soltarme.
-No lo s’e- repliqu’e, mientras acomodaba mi cabeza para poder escuchar con más claridad el palpitar sonoro de su corazón.
-Te parece si nos preparamos unos sándwiches y vamos a dar una vuelta al bosque que queda cerca de aquí- preguntó.
-Me parece bien- lo decía sinceramente, caminar era una de mis actividades favoritas, y más si podía hacerlo al aire libre, lejos del ruido del tráfico de la ciudad y de la gente cuchicheando en las calles.
-Es un plan entonces-concluyó.

Fuimos a la cocina y empacamos algunas cosas para comer en un bolso de Tomás, y luego partimos en dirección al boque, siguiendo el sendero que llevaba desde la casa de Tomás hasta este.

-Me encanta este lugar. Cuando llegamos a la ciudad después de vivir en el hotel, nos mudamos acá, y como siempre pasaba mucho tiempo solo, con todo eso de que mama viva lejos con su nueva pareja y que mi hermana menor viva con ella, y mi padre y mi tío que siempre están ocupados con el negocio familiar, así que salía todas las tardes a caminar y descubrí que este lugar tenía algo mágico, es como si me llenara de una paz inmensa-comentó mientras entrabamos al camino dentro de aquel denso bosque.
Lo observé largo rato mientras contaba anécdotas de cómo había descubierto lugares especiales en el bosque y como pasaba los días en la ciudad cuando aun no conocía a nadie. Tomás podría haber hablado toda la vida y yo seguiría hipnotizadas escuchando su cautivante voz y observando esos pequeños gestos que me cautivaban, como el hecho de que de vez en cuando se mordiera un poco el labio inferior, aquel gesto juguetón me volvía completamente loca. Sinceramente podría haber estado así toda mi vida, era como si sus palabras me llenaran, llenaran el vacio que había habido dentro de mí todos estos años, pero aun así había algo que no se sentía bien, creo que era el hecho de que todo se sentía demasiado perfecto, y por experiencia propia sabia que las cosas no eran así. No era posible que algo fuera tan mágico, tan magnífico, tan de fantasía, pero en realidad mientras más escuchaba a Tomás, mientras más observaba su rostro que con tanta fascinación relataba historias, mas me lo creía, y más miedo sentía aun.
De pronto Tomás interrumpió el hilo de mis pensamientos.

-No te estoy aburriendo verdad?- preguntó pasándose los dedos a través de su negra cabellera.
-Por supuesto que no, me entretiene muchísimo escucharte hablar, a decir verdad me encanta todo de ti- me mordí la lengua antes de continuar hablando. No podía contenerme con Tomás era como si todos mis sentimientos, mis emociones y mis pensamiento se agolparan de pronto en mi garganta y quisieran salir a borbotones confesando cada una de mis verdades. Definitivamente tenía que aprender a controlar esa reacción.

Tomás rió y siguió caminando y yo ágilmente lo seguí entremedio de las ramas cuidando de no tropezar ni nada por el estilo. Llegamos a un pequeño claro y Tomás me invitó a sentarme, a lo que hice caso inmediatamente. El sol iluminaba su rostro haciéndolo ver completamente angelical, pero intente no quedármele observando durante mucho tiempo, para evitar parecer un tonta deslumbrada, aunque en el fondo si lo fuera.
Desempacamos las cosas y pusimos un mantel para evitar que la comida tocara el suelo. Tomás saco unos sándwiches y yo las botellas de jugo que Tomás me había entregado para que cargara en mi bolso.
Nos dispusimos a comer en silencio, hasta que me decidí hablar, rompiendo totalmente con lo que generalmente era mi personalidad de la chica callada que siempre esperaba que el resto la invitara a la conversación y no que la iniciara.

-Este lugar es muy hermoso- dije.
-Lo es- contestó Tomás- pero no más hermoso que tu. Su comentario hizo que me ruborizara un poco, pero también me causo algo de gracias, por lo que solté una ligera carcajada. Lo que pareció ofender un poco a Tomás.
-Dije algo divertido- preguntó algo confundido y un poco molesto.
-No es nada, es solo divertido escuchar que alguien piense que soy hermosa-contesté.
-Lo eres Danielle, eres perfecta, tu piel, tu cabello todo de ti es perfecto-replicó.
-Por favor Tomás, las chicas de mi clase son bonitas, ellas si lo son con sus cabelleras  rubias y su piel bronceada-contesté poniendo los ojos en blanco.
-Esas chicas no son naturales Elle, son fabricadas, todas siguen el mismo patrón, además la mayoría de ellas no tiene ni una pizca de cerebro o talento, o quizás lo tienen, pero eligen no utilizarlo, en cambio tú tienes todo-me debatió.
-Gracias- fue todo lo que me pude limitar a contestar.
-Realmente es un placer compartir contigo, de pronto te has vuelto en unja especie de placer culpable-dijo suspirando.
-Porque culpable?-contesté preocupada.
-Porque cuando estoy contigo quiero dejar de hacer todo lo que tengo que hacer solo para estar contigo, es como si todo lo demás perdiera valor y sentido y solo tuviera atención para ti, todo lo que quiero es a ti-concluyó. Tragué saliva.
-Cuando estoy contigo, la verdad es que no se que sentir, no sé qué hacer, es como si olvidara respirar, yo…-no pude terminar la frase ya que las palabras dejaron de estar en mi mente y esta se puso totalmente en blanco.

Estuvimos largo rato mirándonos en silencio, observándonos, registrando cada detalle de nosotros. Había tanto que mirar en Tomás tanta perfección, pero a la vez tanta sencillez.

Tomás se puso de rodilla y comenzó a acercarse a mí, yo me quedé inmóvil esperando su siguiente movimiento. Se acercó más hasta que se detuvo justo enfrente de mí. Levantó sus manos y comenzó a acariciar mi rostro.

-Tu piel es tan suave, tus ojos, tu nariz, cada cosa de ti, es maravillosa-dijo justo antes de detener sus dedos en mis labios-tus labios son lo que más me gusta de ti. Se acercó cuidadosamente y presionó sus labios contra los míos, poco a poco nos recostamos en el pasto, sin permitir que nuestros labios se separaran en ningún momento. Tomás acomodó su cuerpo para evitar aplastarme. El beso se hizo más intenso. De pronto tuve la sensación de que jamás me cansaría de Tomás, de su boca, de su lengua, de sus besos, y estaba segura de que en algún momento, me traería problemas.







Capítulo IX: El calor del momento



El trayecto a casa fue divertido. Josh subió el volumen del radio a todo lo que daba, y comenzamos a cantar a todo pulmón, hasta que se detuvo en la calle en la entrada de mi casa. Josh y Clarice bajaron para despedirse de mí, les di un fuerte abrazo a ambos, pero Clarice insistió en acompañarme hasta la puerta. Clarice se aferraba con fuerza a mi brazo y caminaba muy pegada a mí, entonces fue que supe que tenía algo que decirme. Nos detuvimos en la puerta y giré mi cuerpo hacia a ella para interrogarla. Sus ojos verdes parecían profundos y brillantes, llenos de ternura, pero también de duda.

-Suéltalo- le dije juguetonamente pero con un toque de autoridad.

La vi titubear,  pero pronto sus ojos se llenaron de un fuego de determinación.

-He tomado una decisión-dijo tragando saliva
-De que se trata, vamos no me dejes así?-le reproché.
-He decidido que estoy lista para dar el siguiente paso con Josh-susurro ruborizándose.
-Acaso estás hablando de…?- abrí los ojos y me quedé muda.
-Si  Elle, Josh y yo vamos a dormir juntos- su voz se escuchaba segura, podía notar que no había nada que pudiera hacerla cambiar de opinión-con Josh hemos hablado mucho el tema, y me siento preparada, me siento lista, quiero hacerlo, y justamente sus padres no estarán hoy en casa, así que…- desvió la mirada y comenzó a juguetear con la pulsera de brillantes que le adornaba la muñeca izquierda.
-Quieres decir que será esta noche…?-repliqué en voz baja, como teniendo cuidado de que nadie nos oyera, aunque a esa hora de la noche ya no había nadie en la calle que pudiera escucharnos.
-Exacto, por eso es que quería pedirte un favor-me miro a los ojos, podía ver como me rogaba con la mirada.
-Cualquier cosa por ti Clarice- lo decía enserio, ella era mi mejor amiga y estaba dispuesta a hacerla lo que fuera por ella.
-Le dije a mis padres que me quedaría en tu casa esta noche, y quería saber si podías cubrirme en caso de que mis padres decidieran llamar o algo así- suplicó. La luz de la luna le daba a sus ojos un candor especial, quizás era la luz, o quizás era las expectaciones que tenía para esa noche la que la hacían lucir de esa manera.
­-Por supuesto, no te preocupes, si ellos llaman les diré que estas durmiendo o algo así, no te preocupes yo te cubro, pero necesito que me prometas algo.
-Dime-asintió.
-Si tienes cualquier duda, recuerda que aun tienes tiempo de arrepentirte, no hay nada malo en ello-intenté no sonar como reprobando su conducta, la verdad es que no me parecía mal, pero quería estar segura de que Clarice no cometería un error.
- Te lo prometo, aunque no creo que eso pase-dijo esbozando una leve sonrisa.

La mire por última vez, esa sería la última vez que vería a Clarice como una niña, esta noche, aunque sonara como un cliché, se convertiría en una mujer, el sexo cambiaba muchas cosas.  Tome su cara entre mis manos y besé su mejilla haciendo un sonido estruendoso. La abracé con fuerza y le susurré.

-Suerte, cuentas con mi apoyo.
-Gracias- contestó mientras aun se encontraba abrazada a mí.

Nos apartamos y Clarice se dirigió hacia el auto donde Josh la aguardaba con una gran sonrisa en el rostro. Nunca he estado en contra del sexo prematrimonial, simplemente quería estar segura de que mis amigos estaban dando el paso correcto, y en mi corazón sabía que era así. No podía pensar en dos personas más preparadas que Josh y Clarice, su amor era infinito y estaban muy comprometidos el uno con el otro, y lo más importante, era que lo hacían por las razones correctas, por amor.
Esperé hasta que el auto se puso en marcha y Clarice me sopló un beso desde el asiento del copiloto, el cual le respondí. Observé el auto alejarse por la calle y luego me voltee para entrar a la casa. Dentro todo estaba muy obscuro, pero no quise encender ninguna luz para no despertar a Lila, quien dormía en el cuarto de huéspedes, como lo hacía cada vez que mi papa se encontraba fuera. Me quite los tacones para no hacer ruido y me dirigí escaleras arriba.
Cerré la puerta de mi habitación y encendí la luz. Arrojé los tacones en dirección al armario y fui al baño a quitarme el maquillaje y el peinado. Cuando estuve lista me quite el vestido, me puse el pijama y me deslicé bajo las frías sábanas. Intenté acomodarme en el suave colchón en el que tantas veces había encontrado refugio, pero me era inútil por alguna razón este me parecía demasiado incomodo, como si me fuera desconocido, o yo le fuera desconocido a él. Saque los brazos en una señal de rendición, el insomnio me ganaba y no había mucho que hacer por evitarlo.
La luz de la luna se colaba tenuemente a través de las cortinas haciendo que el cuarto estuviera apenas iluminado y dándole un aspecto ligeramente nostálgica. Me enderece un poco ii acomodé algunas almohadas para quedar semi sentada. Las palabras de Clarice me daban vuelta en la cabeza como un murmullo incesante. No tenía nada en contra de lo que Josh y Clarice harían esa noche, sabía que lo hacían por las razones correctas, por amor,  y que eran lo suficientemente responsables para entender las consecuencias y todo lo que conllevaba el sexo, por lo que también estaba segura de que tomarían las precauciones necesarias para evitar tipo de situaciones desagradables en el futuro.
Observe como la luz se reflejaba en un globo de nieve que estaba sobre mi escritorio y este parecía cobrar vida propia, como si fuera una pequeña nación viva dentro de un globo de cristal. Aquella bola d nieve había pertenecido  a mi madre y a su madre antes de ella, y quizás a cuantas mujeres más de la familia, era una especie de tradición. Cuando una de las mujeres de la familia cumplía 15 anos la bola de nieve debía pasar a las manos  la cual debería continuar la tradición. Mi madre no había sido capaz de aguantar hasta que yo tuviera 15, ni siquiera hasta que tuviera 5.
Recuerdo ese día en el hospital como si fuera ayer, las visitas eran limitadas, y no s ele permitía  a los menores de edad entrar a la habitación, pero mi madre hablo con una de las enfermeras de turno, la cual hizo una excepción y me dejo ingresar y sentarme en el borde de su cama. Una pañoleta fucsia cubría su cabeza y ocultaba el lugar donde antes su hermosa cabellera debería haber estado. Su piel era pálida como la nieve y las ojeras formaban oscuras marcas alrededor de sus ojos, mas sin embargo la dulzura de su mirada y la ternura de su sonrisa no habían desaparecido. Con cuidado sacó de entre las sabanas un objeto cubierto por una especia de paño celeste y lo puso en mis manos.

-Quisiera poder hacer esto de la manera correcta- pronunció con dificultad-pero el tiempo no está jugando a mi favor y no quiero perder la oportunidad de hacer esto por mí misma.
-Que cosa mami?- contesté con la dulce voz de niña que era.
-Esta bola de nieve perteneció a mi abuela, luego a mi madre, y ahora es tuya, debería entregártela cuando cumplieras 15, pero me temo que eso no será posible.
-Claro que si mami, puedes entregármela entonces, yo se que podrás-la alenté inocentemente.
-Creo que eso no será posible osita mía. No creo que pueda estar allí para entregártelo, al menos no físicamente-dijo con la voz quebrada-Veras a veces las personas no pueden estar siempre en los lugares que quieren estar, a veces las cosas cambias y uno debe irse antes de lo que quisiera y lamentablemente, ese es mi caso-dijo casi sin voz mientras una lagrima resbalaba por su mejilla.
-Pero mami yo no quiero que te vayas, no quiero que me dejes sola-sollocé.
-Jamás osita mía, jamás te dejare sola, quizás no puedas verme, pero siempre estaré ahí, en el viento, en el sol, en el cielo azul, siempre estaré cuidándote y protegiéndote, desde donde sea que este-prosiguió-siempre estaré contigo, siempre que lo necesites estaré contigo, te amo- concluyó. Ahora las lágrimas fluían en un torrente que bañaban su pálido rostro. Tomo mi cara entre sus manos y besó mi frente como solo una madre sabe hacerlo. Me acurruqué entre sus abrazos deleitándome en su aroma a lavanda y calidez, y caí en un sueño profundo sintiendo que cada una de sus palabras eran ciertas. Esa fue la última vez que la vi, la última vez que escuché su voz, la última vez que me sentí completamente segura.

Sentí como las lagrimas subían rápidamente a mis ojos y los desbordaban. Seque el agua con las sabanas y me dispuse a evadir aquella clase de recuerdos, al menos por esa noche.
Busque en los rincones de mi memoria algún recuerdo grato y el primero que mi vino a la mente fue el hermoso rostro de Tomas, la perfección de sus facciones y sus fascinantes ojos me elevaron y llevaron a un lugar grato donde solo era permitido sonreír. Cerré los ojos para concentrarme en su suave mirada y desee con todas mis fuerzas que el sol estuviera pronto a salir, para que así fuera la hora de poder verlo.
Un estruendoso sonido me despertó, repiqueteando en mis oídos, la alarma del celular sonaba y sonaba sin cesar. Observé la hora, eran las 9:45.

-Que?- grite en un tono muy alto de voz. Lo más probable es que dormida había apagado la alarma, y ahora estaba sumamente retrasada para juntarme con Tomas.

Me apresuré lo más que pude para evitar atrasarme más aun de lo que ya estaba. Abrí el agua de la ducha y terminé en un abrir y cerrar de ojos. Me puse los primeros pantalones que encontré y cuando estaba buscando una blusa o un top, el aparato celular sobre mi velador comenzó a vibrar y tocar Let it Be de los Beatles.

-Alo- contesté al presionar el botón del teléfono.
-Hola Danielle-escuché. Aquella voz me paralizó el corazón. Me tomó un par de segundos recobrar el ritmo normal de mi respiración y  encontrar algo cuerdo que decir.
-Hola Tomas- mi voz sonó casi como un susurro entrecortado.
-Bueno, estoy afuera de tu casa, esperándote-dijo con voz nerviosa. Ahora si los nervios se me iban de las manos y no podía controlarlos.
-Ya bajo-replique bruscamente y colgué con el botón rojo.

Cogí una blusa color marfil de manga corta y la abotoné rápidamente, tomé un par de cosas y las puse un morral, me puse la guitarra al hombro y corrí escaleras abajo.
Tomas parecía un ángel apoyado en su auto en una pose casual mientras el viento jugueteaba con su pelo negro el cual hacia contraste con su pálida tez blanca, a excepción de sus rosadas mejillas, haciéndolo lucir como una total estrella de cine, pero no de esas películas de acción, ni de comedia romántica de hoy en día, sino con la hermosura y la elegancia de las estrellas de antes, de antaño.
Se acercó lentamente y puso una de sus manos en mi cintura para disminuir la distancia entre nosotros, y suavemente posó sus labios en mi mejilla derecha con suma delicadeza. Aquel tibio beso me remeció completa. Caballerosamente cogió mi guitarra y la puso en el asiento trasero de su Volkswagen Touareg color bronce.

-Lindo auto- comenté.
-Gracias-sonrío orgulloso-fue un regalo de mi tío por haber sido el primero de la promoción en mi antigua escuela.
-Vaya, eres artista y además inteligente, no me lo habría imaginado-dije con ligero asombro. Sus facciones se volvieron algo incomodas, al parecer mis palabras le habían molestado-Lo siento, yo no estaba insinuando que no fueras inteligente ni nada de eso, lo que pasa es que…-me excusé.
-No te preocupes, entiendo, es difícil pensar que una persona puede destacarse en más de un aspecto-sonrió dulcemente.

Más de un aspecto, eso era decir poco, Tomás era sencillamente perfecto, al menos así me lo parecía hasta ahora.
Tomas abrigo la puerta del copiloto y me invitó a subir.
El vehículo esta tibio, no sé si porque mi temperatura corporal estaba elevada o porque la calefacción estaba encendida, cualquiera fuera la razón se sentía caluroso estar  tan cerca de semejante perfección.

-Te ves…-titubeó menos de un segundo y luego continuó-te ves muy sexy con el pelo mojado-concluyó con una sonrisa coqueta y la mirada al frente mientras hacía partir el vehículo.

Ahora podía decir con certeza que jamás en mi vida me había sentido tan avergonzada, ni había estado tan sonrojada.

-Emmm, gracias-pronuncié bajito y agaché la cabeza, y de esta manera me mantuve todo el trayecto a casa de Tomás, y respondiendo cortantemente con un sí o un no si me preguntaba algo.

-Llegamos-anunció el muchacho a mi lado.
-Linda casa-dije con sinceridad. Era una especie de cabaña grande en las afueras del pueblo, lo que le daba un aspecto muy rustico y hogareño.

Bajamos del auto y Tomás cargó mi guitarra hasta la entrada de la casa. Tomás sacó las llaves de su bolsillo y procedimos a cruzar el umbral.
Esperé de pie junto a un mostrador que separaba la cocina del comedor, mientras Tomás acomodaba las cosas en el sofá y luego se dirigida a buscar algo para beber. Sirvió ambos vasos con limonada y se posicionó frente a mí por el otro lado del mostrador. Observé el líquido amarillento largo rato cuando Tomás se movió en dirección a mí. Me enderecé en un reflejo y me quedé estática. Tomás se acercó cada vez mas y mas hasta que nuestros cuerpos estuvieron prácticamente unidos. Rodeó mi cintura con una mano y me acercó más aun hacia él. Rozó con su nariz mi frente y pude escuchar que su respiración era dificultosa.

-No sabes hace cuanto tiempo había ansiado este momento, tenerte tan cerca, sentir tu aroma, tu calor-susurró. Ahora con su mano libre acarició algunos mechones de mi cabello que aun se encontraban sueltos y los hizo juguetear entre sus delicados dedos.
Yo…-no podía formular palabras, no había nada cuerdo que pudiera decir, y en realidad no había nada que quisiera decir, solo quería que ese momento se prolongara antes de despertar de ese maravilloso sueno. Puso sus dedos sobre mis labios y los acarició tiernamente.
-No sabes hace cuanto quería probar tus labios-continuó mientras su respiración se agitaba más aun, al igual que la mía.
-Entonces hazlo-agregué. No sé de donde salieron esas palabras, ni como había tenido el atrevimiento de pronunciarlas pero lo había hecho. Cerré los ojos y esperé que el calor del momento terminara de envolverme.













Capítulo VIII: Revelación


-Vaya- fue todo lo que Josh pudo decir al verme bajar por las escaleras, mientras abría los brazos por el asombro. La impresión de Clarice fue algo más efusiva.
-Cariño te ves preciosa-dijo en un tono tan agudo que casi me dejó sorda. Se llevo las manos a la cara como si estuviera reteniendo el llanto y luego corrió a mi encuentro. Me abrazó muy fuerte y giró para ver nuevamente mi apariencia, como si no terminara de creérselo.
-Estas deslumbrante Danielle-dijo sin poder ocultar la alegría en sus palabras- y el vestido es precioso también, y te queda tan ceñido, no sabía que tenías tan linda figura, deberías mostrarla más seguido-dijo riéndose de mi expresión cuando dijo esas palabras.
-No hables tonterías- contesté roja por la vergüenza, mientras me abanicaba por el súbito ardor que sentí en mis mejillas.
-Chicas lamento interrumpirlas, pero creo que sería mejor si nos fuéramos, sino llegaremos tarde-dijo haciendo un gesto con la mano que indicaba su reloj de pulsera.
-Cierto- asentí-adiós Lila nos vemos en un par de horas-pronuncié mientras le soplaba un beso y salía por la puerta.

Ingresé en el asiento trasero del convertible Cadillac ElDorado del 69’, totalmente restaurado, que pertenecía a Josh, ese auto era su orgullo. Su padre se lo había regalado a los 14 y desde entonces había invertido todos sus veranos en el, bueno, todos sin contar el ‘ultimo, ya que es se lo había dedicado por entero a Clarice.
Josh ingresó en el asiento del piloto y Clarice en el del copiloto y emprendimos marcha hacia el salón del hotel St. Benedict, que era donde se realizaría el baile.
Mientras yo iba concentrada en mis pensamientos, mirando como los arboles se desvanecían a nuestro paso, Josh y Clarice hablaban de lo bien que lo pasaríamos en el baile y de que todo el mundo estaría ahí. “El evento de la temporada”, lo llamaron. Me limité a sonreír y a asentir a todo lo que decían, sin prestar real atención.
El convertible se detuvo justo enfrente de la entrada del imponente hotel, el cual anunciaba el baile de bienvenida del Instituto St. Joseph.
Descendí del auto con cuidado para no arrugar mi vestido y uno de los jóvenes que aparcaban los autos, me extendió su mano para servirme de apoyo. Le di las gracias, y con la mirada busqué a mis amigos.
Josh le entregó las llaves del auto al muchacho que me había ayudado a bajar y le pidió que tuviera mucho cuidado con su “Bebé”.
Clarice y yo nos dirigimos una mirada cómplice, y nos reímos por lo bajo.

-Señoritas- dijo Josh, ofreciéndonos a cada una uno de sus brazos.

Ambas aceptamos con gusto y caminamos hacia el recibidor del hotel. Allí nos dirigimos hacia un amplio mesón donde había tres señoritas, todas de diferente aspecto, pero con el mismo peinado y uniforme. Una de ellas se acercó a nosotros y no regaló una amplia sonrisa.

-Bienvenidos al hotel St. Benedict, en que puedo ayudarlos- dijo de manera automática la mujer de unos 27 años, cabellos rubios y profundos ojos verdes.
-Estamos aquí para el baile de bienvenida- dijo Clarice en voz dulce y cortes, esa voz que siempre usaba con los desconocidos.
-Muy bien-dijo la joven suavizando sus facciones y ampliando aun mas su sonrisa-sigan derecho por el pasillo y doblen a la derecha, ahí está el salón Rose, que es donde se está realizando el baile-señaló con sus manos para hacer su explicación algo mas especifica.
-Muchas gracias- contestó Clarice entrecerrando los ojos y dedicándole a la mujer una amable sonrisa, la cual le contestó con el mismo gesto.

Clarice siempre había tenido la cualidad de hacer sentir cómoda a las personas con su sonrisa, era como un don especial, el mismo que me había cautivado el primer día de clases en el Instituto cuando yo era la chica nueva de la ciudad y ella se acercó amablemente para darme la bienvenida. Desde entonces, jamás habíamos vuelto a separarnos.
Josh agarró un puñado de los dulces que se encontraban en un bol sobre el mesón y con la otra mano hizo una señal juguetona y coqueta de despedida a las recepcionistas, las cuales se quedaron paralizadas frente a su cautivadora sonrisa. Josh sabía el efecto que causaba su sonrisa, por lo tanto la utilizaba siempre que se le daba la oportunidad. Clarice no se ponía celosa, sabía que su novio era coqueto por naturaleza, y no había nada que pudiera hacer contra ello. Además ella y yo sabíamos que él no era capaz de mirar a ninguna otra como miraba a mi amiga.
Caminamos del brazo de Josh hasta la entrada del salón y nos detuvimos allí un par de segundos para contemplar la magnífica manera en que este estaba decorado. No había ningún rincón del salón que no estuviera cubierto por esplendidas guirnaldas vaporosas color verde y amarillo, y globos de las mismas tonalidades.
Los asistentes bailaban al ritmo de una banda local, ubicada sobre una tarima en el fondo del salón.

-Esto es hermoso- logré articular.
-Verdad que lo es?- dijo Clarice tomando a Josh por la mano y arrastrándolo hacia la pista de baile. Josh intentó tomar mi mano para que fuera con ellos, pero delicadamente me deslicé fuera de su alcance y les di a entender con una seña, que los acompañaría en un minuto.

Recorrí todo el salón con la mirada, aun maravillada por el decorado y luego me abrí espacio entre la multitud para buscar un lugar donde sentarme.
Al pasar todos me miraban con curiosidad, como si fuera la chica nueva o algo así. Algunas chicas me miraban con recelo y otras me dirigían dulces sonrisas, los muchachos por otra parte, me dedicaban sonrisas coquetas y miradas furtivas, lo que hizo que me sonrojara. Logré encontrar una mesa con un par de sillas en un rincón y no dudé en apresurarme antes de que alguien más las acaparara, tropezándome a veces, debido a que la multitud me dificultaba el paso.
Desde donde me encontraba lograba tener una vista amplia de la pista de baile y de la tarima donde se encontraba la banda. Pude divisar como Clarice y Josh bailaban de manera entusiasta al ritmo de la música y comprendí en ese minuto que me esperaban un par de largas horas de soledad por delante.
Estuve sentada alrededor de una hora observando cómo las parejas se divertían, y deseé en ese momento que Tomás me hubiera invitado como su cita. Que tonta me sentía, allí sola sin nada que hacer, y sin una cita que me hiciera compañía.
Ya no me sentía cómoda allí, entre tanta gente riendo, sentía que no encajaba. Me paré precipitadamente de mi silla y me dispuse a salir, cuando de pronto sentí que un escalofrío me recorrió los hombros desnudos y bajaba por mi columna.

-Vas a algún lado?- susurró una suave voz muy cercana a mi oído, la cual reconocí inmediatamente.

Me giré rápidamente para encontrarme cara a cara con la fuente de esa voz melodiosa que inundaba mis sentidos.

-To... más- pronuncié su nombre como si fueran dos silabas -qué haces aquí?-dije dificultosamente, mientras tragaba saliva debido al impresionante efecto que sus ojos grises causaban en mí.
Vestía un elegante traje gris oscuro, probablemente de diseñador italiano, una camisa negra, y una corbata plateada que hacía juego con sus ojos.

Sonrió divertido y se aclaró la garganta para hablar.

-Por si no lo recuerdas vamos al mismo Instituto, por lo tanto asistimos a los mismos bailes-ocupó un tono ligeramente sarcástico, el cual no me molestó. En cualquier caso le habría contestado en tono sarcástico también, pero su presencia me debilitaba, por lo que no pude cumplir con mi cometido. En vez de tomar una actitud orgullosa y a la defensiva por su tono, me puse totalmente colorada y desvié mi mirada hacia el suelo.

-Claro, tienes razón-contesté mientras miraba mis pies, cubiertos por los delicadas tiras color plata de los finos tacos.

Aunque no podía ver el rostro de Tomás, supuse que estaba esbozando una sonrisa.
De pronto sentí como su mano tocaba la mía y sus tibios dedos envolvían los míos.

-Qué haces?- le pregunté confundida.
-Acaso me dejaras bailando solo?- contestó provocándome con una sonrisa a la que no pude negarme.

Tiró de mi mano y me obligo a acercarme a él, nuestros cuerpos chocaron y el rodeó mi cintura con su mano. Podía sentir el calor de su piel por sobre el delicado vestido, ese calor me envolvía y me hacía desear estar más cerca de él. Puse una de mis manos sobre su hombro y tomé la mano derecha de él para disponernos en posición de baile.
Perdí la noción del tiempo mientras nos divertíamos y girábamos al compás de la música. Tomás alargó su brazo para liberarme y hacerme girar, cuando de pronto terminó la canción y comenzó una de un ritmo bastante más lento. Tomas tiró de mí haciéndome girar hacia él, nuestros rostros quedaron frente a frente, tan cerca que podía sentir como su dulce respiración se acompasaba con la mía, como si de pronto estuviéramos unidos por una fuerza mágica e inexplicable.
Las manos de él se deslizaron por mi espalda hasta toparse con mi cintura donde se quedaron firmes y seguras. Ejerció una pequeña fuerza para atraerme hacia él, a la cual, por supuesto, no me resistí. Levanté mis brazos y los puse por detrás de su cuello. Se sentía tan bien estar así, como si de alguna manera, nada mas existiera.
Tomás se acercó hacia mí lentamente, provocando que mi pulso y mi respiración se descontrolaran.
Mi mejilla se apoyo en su fuerte pecho y la deje reposar ahí, mientras escuchaba el sonido de la respiración de que al muchacho que me robaba el aliento.
Pude sentir como Tomás se agachaba un poco para quedar más a mi altura y cuidadosamente apoyaba su mentón en uno de mis desnudos hombros.

-De todos los que están aquí hoy, eres la única que merece miradas- pronunció delicadamente. Cada una de sus palabras era un delicioso manjar que inundaba mi mente y desbocaba mi corazón-Eres hermosa-continuó-deliciosamente hermosa-dijo soltando cada silaba lentamente para realzar el mensaje. Su voz se sentía como acariciar terciopelo.
Sentí como la sangre subía precipitadamente a mis mejillas y me inundaba con su calor. Me separé un poco de sus brazos para observar su rostro e intentar contestar a sus palabras. Cuando mis ojos se toparon con los suyos no pude articular nada coherente ni pensar en las palabras que salían de mi boca.

-Hace un poco de calor aquí, no crees?-dije sin meditar nada de lo que escapaba de mis labios.
-Tienes razón-dijo entre risas. Retiró sus brazos que antes me rodeaban, lo que me hizo sentir extraña, vacía, como si necesitara de su contacto para sentirme completa.
-Vamos-dijo mientras estiraba su mano hacia mí y se alejaba hacia la puerta. Mi cuerpo se movió como por inercia, no tuve ni un segundo para pensarlo cuando me vi siguiéndolo a tropezones hacia la salida del salón.

Tomé la mano de Tomás sin vacilarlo ni por un momento. El entrelazó sus dedos con los míos de manera tan natural, que sentí como si mi mano fuera parte de la suya, como si toda la vida le hubiera faltado la mitad y por fin encontraba su complemento.
Me guió por el recibidor del hotel hasta que nos topamos con un pasillo que llevaba hacia el jardín trasero del lugar. Seguimos un sendero de piedras hasta lo que parecía ser una laguna artificial que se encontraba escondida entre los arbustos.

-Cuando llegamos a la ciudad-dijo Tomás- no teníamos donde quedarnos, así que mi padre y yo estuvimos un mes alojándonos en este hotel- y la verdad es que pasar las 24 horas del día encerrado en cuatro paredes n oes mi idea de un gran día, además no conocía a nadie en la ciudad, así que solo salía si era necesario-comenzó a explicar mientras se quitaba la elegante chaqueta y la puso a modo de manta para que nos sentáramos sin tener que tocar el pasto, probablemente húmedo por el rocío que caía durante la noche-por lo tanto tuve mucho para recorrer el hotel y descubrir lugares como este-concluyó.
Se sentó en el suelo y lo imité. La camisa negra s ele ajustaba al torso como si fuera hecha a medida, su elegante y musculosa figura se veía varonil, y exquisitamente tentadora. Se soltó la corbata y desabrochó el botón del cuello.

-Sabes-dijo mirando en dirección al agua que tenía una ligera bruma por encima que la hacía parecer como sacada de un cuento de hadas- No suelo ir a los bailes a decir verdad, nunca estaba demasiado tiempo en una ciudad como para lograr ir a un baile, pero…-dudó un minuto de lo que iba a revelar, pero pude ver como su semblante cambió de la vacilación a la determinación como si nada-tenía la esperanza de que tu vinieras, y yo simplemente necesitaba verte.
“Necesitaba verte”. Las palabras resonaban en mi cabeza de un lado a otro haciéndome perder la serenidad. Si el necesitaba verme, tanto como yo lo necesitaba a él… entonces quizás el también… Detuve el sentido de ese pensamiento de golpe. No podía permitirme a mí misma formular ideas o sacar conclusiones de lo que estaba pasando entre Tomás y yo, al menos no hasta que estuviera completamente segura de adonde se dirigía esto.

Tomás dirigió su mirada hacia mí. Se veía concentrado, como si algo importante fuera a pasar y quisiera que yo compartiera ese momento con él.

-No fuiste al Instituto hoy- dije precipitadamente, rompiendo la repentina conexión que se había producido entre nosotros.
-Eh, cierto, tuve que atender unos asuntos familiares-movió la cabeza y frunció el ceño como si algo le molestara.
-Pasa algo?- pregunté e inconscientemente puse mi mano sobre su hombro. El contacto se sentía agradable. Podía sentir el calor de su piel bajo mi palma y como mis dedos de pronto comenzaban a arder.
-No es nada-dijo con voz tranquilizadora y giró su cabeza hacia mí. Recorrió mi rostro con su mirada y luego tomó’ mi mano libre- Es un lindo anillo-dijo observando la argolla que rodeaba mi dedo y que estaba coronada por una gran piedra blanca.
-Era de mi madre-contesté. Estaba acostumbrada a hablar de mi madre si nostalgia, pero por alguna extraña razón una oleada de tristeza me envolvió e inundó mis ojos de lágrimas. Dejé escapar un pequeño sollozo y luego sentí como uno de los dedos de Tomás secaba una de las lagrimas que bajaba por mi mejilla.
-No estés así por favor, me parte el alma verte triste-dijo como si de pronto se le hubiera acabado el aire. Levanté la mirada y pude ver como su expresión se veía torturada, dolorosa.
Tomó mi mentón con suma delicadeza y acercó su rostro al mío como en cámara lenta, dejándome sin respiración. Posó sus labios sobre mi mejilla, justo por donde antes rodaba la lágrima que el delicadamente había secado con sus dedos. Se acercó aun más y besó el lugar entre mi cuello y mi oído. Mi primera sensación fue de un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo e hizo que se me erizaran los cabellos de la nuca, después el frío cambió por un intenso calor que me inundó completamente, haciéndose más fuerte en el vientre.

-No puedo dejar de pensar en ti-susurró, rompiendo el silencio en el que nos encontrábamos. Se retiró un poco y entreabrió los labios dejando escapar un leve suspiro. Mis labios se entreabrieron también de manera automática y cerré mis ojos, esperando el inminente.
Sentí como unos pasos se aproximaban por entre los arbustos, lo que hizo que Tomás y yo nos alejáramos el uno del otro sin poder concretar ese tan ansiado beso.

-Danielle, por fin te encuentro niña, te he buscado por todas partes-dijo Clarice, con voz agitada y dificultad al respirar, como si hubiera terminado una carrera de 100 metros.
-Lo siento, perdí la noción del tiempo-dije entre risas nerviosas.
-Es mi culpa-replicó Tomás-la mantuve ocupada y bueno dicen que el tiempo vuela cuando te diviertes-añadió y sonrió ampliamente, dejando a la vista su brillante dentadura.
- Oh ya veo-contestó Clarice que cambió inmediatamente su expresión de preocupación a una pícara-Siento tener que robártela, pero debemos irnos-Clarice se giró para mirarme, su expresión parecía de disculpa.
-No te preocupes-contestó de manera caballerosa-Supongo que nos veremos mañana-dijo con voz serena y galante.
-Si claro, para el trabajo de música -repliqué inmediatamente para que Clarice no fuera a dejar volar su imaginación y comenzara a crear teorías sobre Tomás y yo- a las 2 te parece bien?-concluí mientras me ponía de pie para retirarme.
-La verdad es que preferiría que nos juntáramos más temprano, a eso de las 10-dijo con el semblante serio, algo que jamás había visto en Tomás-tengo la sensación de que el trabajo nos tomará mas de lo esperado-finalizó. Ahora su seriedad había cambiado simplemente a pura coquetería.

Reí nerviosamente e hice un gesto con la mano en forma de despedida. Clarice tomó mi mano y nos abrimos paso entre los arbustos, mientras nuestros tacos golpeaban sonoramente el sendero de piedra.

-Así que tu y el chico nuevo ah?-dijo en forma cómplice y con clara curiosidad.
-Tomás y yo somos solo amigos, compartimos tiempo debido a un trabajo para la clase de música, pero eso es todo-contesté controlando el tono de mi voz para que sonara segura y sin temblores.
-Está bien si tú dices que son solo amigos entonces te creeré- replicó de de forma amistosa y dulce, algo que la caracterizaba.
-Y como estuvo tu noche?-pregunté para desviar el tema de conversación.
-Bastante bien, la pasamos de maravilla-contestó alegre y entusiasta- y la tuya?- preguntó no se si por cortesía, o para sacarme información acerca de Tomás.
-Pues digamos simplemente que estuvo bien-mas que bien, dije para misma, sin embargo habia quedado con la sensacion de querer mas.