Capítulo III: Hipnotizada
Capítulo II: Una voz
Capítulo I : Día Gris
Bajé las escaleras en dirección a la cocina para prepararme y servirme algo de desayuno. La gran casa estaba vacía como de costumbre, papá se había ido temprano al trabajo como lo hacía de costumbre y Lila, la empleada, aún no llegaba. Cogí un de las cajas de cereales que había en la despensa y puse un poco en un bol, le agregué leche y lo comí lentamente, casi en cámara lenta.
No me di cuenta de cómo pasó el tiempo, estaba tan pérdida en la historia que me llevé un susto cuando Lila llamó a mi puerta avisando que el almuerzo ya estaba listo para servirse, ni siquiera la había sentido llegar.
- Gracias Lila - dije mientras le dedicaba una sonrisa.
Lila era una gran persona, trabajaba en la casa desde que tengo memoria, era muy atenta conmigo, me consentía en todo, creo que quizás sentía algo de lástima por mí, ya que papá siempre estaba trabajando y mi madre había muerto de cáncer cuando yo tenía 5, o quizás no era lástima sino cariño, realmente desconocía sus verdaderas intenciones, pero si había algo de lo que no podía dudar y era que ella era una gran mujer, algo torpe y olvidadiza a veces, pero una gran mujer al fin de cuentas.
Puse un trozo de papel entre las páginas del libro para recordar el capítulo en donde había quedado y lo puse sobre la mesita de noche, para retomar la lectura más tarde.
Bajé ágil y rápidamente por las escaleras, una agilidad muy propia mía, heredada de mi madre según mi padre, debido a todos los años de su vida que le dedicó al ballet, por desgracia no había heredado sus habilidades para la danza.
El aroma de la salsa de tomate y el queso me golpearon en la cara cuando entré a la cocina, inundándome con ese exquisito y apetitoso olor.
-Huele delicioso, espero que sepa igual- Le dije a Lila dedicándole una gran sonrisa cómplice. Aquella mujer cocinaba como los dioses. - ¿Qué es?- le pegunté a Lila con curiosidad.
-Lasaña, preciosa- dijo de forma cariñosa y sonriente, mientras la sacaba del horno y ponía sobre un paño en el largo mesón de la cocina.
-Adoro la lasaña- dije mientras frotaba mis manos para demostrar ansiedad. Lila lo sabía, sabía que era mi comida favorita, y por lo mismo la hacía al menos semana por medio.
Lila cortó dos trozos de lasaña, uno para ella y otro para mí, puso lo s platos sobre la barra de la cocina, que ambas usábamos a modo de mesa y sirvió dos vasos de agua.
-Esto está realmente delicioso Lila, tienes que enseñarme a cocinar tan rico como tú- Dije mientras tomaba otro bocado ansiosa de llenar mi estomago con aquel magnifico manjar.
-Cuando quieras corazón- contestó dulcemente, con la voz jovial que la caracterizaba.
Terminé de comer sin hablar, solo escuchando las historias de Lila sobre sus hijos que ya estaban en la universidad. Tomé los platos y los puse en el fregadero.
- Gracias Lila- pronuncié mientras volvía a mi cuarto.
- De nada Danielle- dijo más alto de lo que debía ya que yo me estaba alejando apresuradamente por las escaleras.
Llegué a mi habitación y me dirigí al baño para lavarme los dientes. Mire mi rostro pálido y ojeroso en el espejo. Yo no era la típica chica linda, era una chica común y corriente, cabello castaño claro y liso, con algunas ondas en las puntas, ojos cafés y grandes, una nariz mediana y labios proporcionales a mi rostro. Era una chica corriente, quizás demasiado comparada con mis compañeras de escuela, donde todas eran rubias con cabelleras despampanantes y ojos azules o verdes, yo no llamaba la atención, especialmente alrededor de ellas, quizás hasta desencajaba entre tanta chica de catalogo de modas, yo pasaba totalmente desapercibida, y realmente no era algo que me preocupara demasiado, encajar entre tanta chica superficial no era algo que me emocionara.
Tomé mi libro y lo retomé donde lo había dejado, no me faltaba mucho así que lo terminé en cuestión de minutos. Guardé el libro en la estantería y encendí el televisor, pasé los canales rápidamente tratando de encontrar algo interesante para ver, me detuve en una de esas series adolescentes ricos que tratan temas superficiales y tienen más dramas en un día que cualquier persona normal en toda su vida. La dejé ahí, ver uno de esos programas era una buena manera de pasar el tiempo, y no tenía que concentrarme demasiado para entender la trama.
De pronto Lila llamó a mi puerta.
- Tu padre ya llegó Danielle, baja para que cenes con el- Lo dijo como orden, pero sin sonar autoritaria.
- Claro Lila, voy de inmediato- dije mientras me ponía de pie.
Me metí en el baño para arreglar mi cabello, y baje rápidamente.
-Hola papá- dije mientras me acercaba para besar su mejilla cariñosamente como lo hacía siempre después de un largo día.
-Hola querida- dijo con sonrisa amable - ¿Cómo estuvo tu día?- Dijo mientras se sentaba en la mesa del comedor.
- Lo mismo de todos los días- dije con cierta apatía, mientras jugueteaba con los cubiertos. Acaso de verdad creía que había hecho algo nuevo?
- ¿Y el tuyo?- pregunté solo por cortesía ya que conocía la respuesta.
- Con mucho trabajo- respondió de manera automática y monótona.
Lila sirvió la cena y se retiró a la cocina. Papá y yo comimos en silencio, dedicándonos sonrisas incómodas para llenar los silencios que inundaban el comedor. Cuando hubimos terminado Lila recogió los platos, los lavó y luego se marchó a su casa. Papá se retiró a la sala de estar para ver la televisión y yo lo seguí, vimos las noticias juntos y luego me despedí deseándole buenas noches. Subí a mi habitación, eran las 9:30 de la noche, demasiado temprano para dormir.
Epílogo
No es suficiente
Recuerdo cuando tu mirada solía detener mi respiración, cuando mi piel anhelaba el roce de la tuya con tal ansia que cuando te alejabas sentía el ardor de tu ausencia, recuerdo la proximidad de tus labios mientras tu aliento se colaba en mi boca, mi corazón se aceleraba y mi alma deseaba combinarse con la tuya, esos momentos que no son más que recuerdos, una borrosa imagen de nuestro pasado que ya no es nuestro. En algún minuto todo comenzó a decaer, y observé como se desvanecía a mi alrededor, como se derrumbaba pedazo por pedazo, y simplemente fui una espectadora del desastre, sin saber como ayudar, y quizás sin querer hacerlo. Intento descifrar cuando llegamos al punto de no retorno, y creo que lo sé, estuve ahí, pero guardé silencio, al principio no entendí por que lo hice, pero ya lo sé, hubo algo que me impidió moverme o reaccionar, fui yo, en algún rincón de mi inconsciente sabía que no era correcto, sabía que no estaba bien el daño que infringías en mi, no estaba bien tanto sacrificio, tanto sufrimiento, no se suponía que debía ser así, el amor no debe ser así. Miró hacia atrás con tristeza, más no con arrepentimiento, no estuvo bien, pero de no haberme equivocado, no habría aprendido la lección, no habría aprendido que el amor no es suficiente.

