Capítulo III: Hipnotizada


Nuestras miradas se cruzaron por unos cuantos segundos, aunque estos me parecieron eternos. Quería bajar la vista o mirar hacia otra parte, pero había algo en sus ojos que me mantenían fija en el, como una especie de fuerza magnética. Mi cuerpo se tensó completamente, sentí como los músculos se me endurecían y mis palmas comenzaban a sudar. Tragué saliva sonoramente y moví las manos ligeramente intentando liberarlas del hechizo causado por el nerviosismo extremo que me causaba el chico que me sostenía con la mirada.
El chico era muy lindo, nada que ver con mis compañeros de clases, rubios, fortachones y excesivamente bronceado, claro a muchas chicas podían interesarle esa clase de chicos, pero esa definitivamente no era yo. Este chico tenía el cabello negro como la noche, azabache para ser más exacta, era alto, algo más de un metro ochenta y cinco, y tenía un cuerpo atlético, pero delgado, su piel era blanca y perfecta, y sus ojos eran grandes y de un llamativo y brillante color gris con un ligero tono azulado, eran cautivadores, fascinantes, maravillosos. Sus facciones eran suaves, pero varoniles, una mandíbula fuerte y una nariz perfecta, como de estrella de cine. Parecía una estatua perfecta, digna de la antigua Grecia, digno de ser envidiado por algunos de los más hermosos dioses del Olimpo. Podría haberlo mirado por horas, observando cada detalle de su perfecto rostro, recorriendo con mi mirada sus masculinas formas que me hacían cosquillas en el estomago.
El muchacho sonrío en mi dirección y sentí como el corazón se me salía por la boca, abrí los ojos como platos y quité la mirada rápidamente. Noté como mis rodillas temblaban ligeramente y mis tobillos se debilitaban. Creo que debe haber visto mi reacción de sorpresa, ya que soltó una pequeña carcajada, eso me molestó un poco, el no tenía derecho a reírse de mí.
 Levanté una mano para tocarme la cara, estaba hirviendo por la vergüenza lo que aumentó mucho más mi ira. Quien era el para hacerme sentir de esta manera tan incomprensible, yo jamás había actuado así. Miré hacia al suelo y mantuve la mirada así hasta que fue mi turno. Estaba sumamente molesta, pero más que con el muchacho, conmigo misma, es que acaso no tenía ningún tipo de poder sobre mí misma, que no podía controlarme en situación como esta, es decir, trataba con chicos a diario, y algunos que la mayoría consideraría guapísimos, pero en ninguna de esas oportunidades me había comportado ni sentido de esa manera. Que estaba mal conmigo misma?

-¿Que desea?- preguntó el vendedor distrayéndome de la dirección de mis pensamientos y de las muchísimas preguntas que tenía que hacerme a mí misma.
-Mocaccino sin azúcar, por favor- Le entregué un billete y le dije que se quedara con el cambio, no iba a esperar que el chico de la caja buscara el vuelto, tenía que irme pronto de ahí, lo mas pronto que mis piernas me lo permitieran. Di la vuelta y para mi sorpresa el chico estaba sentado en una de las mesas que estaba en mi camino, justamente una de las mesas por la que tenía que pasar para llegar a la salida.
-Genial- dije en voz baja, de manera que solo fuera audible para mí. Inspiré profundo y clavé la mirada fija en la puerta para no tener que mirar sus ojos otra vez, no permitiría que su mirada me cautivara y me hiciera sentir hipnotizada, y porque no decirlo, idiotizada otra vez.

Comencé a caminar con la cabeza en alto evitando totalmente desviar mis ojos hacia el muchacho, manteniendo la vista fija en las campanillas unidas por cintas verdes de la puerta de vidrio, que anunciaban la entrada o la salida de un cliente.
 Mientras más me acercaba a la mesa donde se encontraba el chico de los ojos grises, más inestable me sentía, nunca había tenido problemas de equilibrio, pero cuando me aproximaba en su dirección sentía como las rodillas comenzaban a flaquearme y una extraña corriente invadía mi cuerpo. Solo faltaban un par de pasos para pasarlo, solo un par, me repetía a mi misma. Suspiré aliviadamente cuando logré pasar su figura atlética, cerré los ojos de manera involuntaria. Cuando abrí los ojos ya era demasiado tarde mi pie ya se había enredado en una silla mal puesta en el camino, caí al suelo golpeándome los codos y las rodillas, y arrojando el café por el aire.

-Auch- exclamé mientras intentaba pararme dificultosamente.
-¿Estás bien?- preguntó el chico que tanto había tratado de evitar y por el cual me había distraído y hecho el ridículo frente a todos quienes estaban en la cafetería.

 Sentí el contacto de su mano con mi codo mientras me ayudaba a ponerme de pie, pude sentir como la sangre subió directamente a mis mejillas, poniéndolas aun mas roja de lo que ya estaban.

-Si – dije de manera cortante mientras me apartaba de su cuerpo en un movimiento brusco.

El café estaba derramado por el suelo y algunas cosas de mi morral estaban tiradas.

-Lo siento mucho- le dije al muchacho que atendía la cafetería.
-No importa- dijo suspirando. Estaba claro que si le importaba, ya que el tendría que limpiar el desastre que yo la muy idiota, había hecho.

Me agaché para recoger mis cosas, cuando de pronto me di cuenta que el chico de los ojos grises estaba en el suelo también, para ayudarme.

-Toma-dijo extendiéndome mi billetera.
-Gracias- dije, y tiré la billetera de manera brusca, con cuidado de no tocar su pie. La metí en mi bolso y me puse de pie en un movimiento rápido que me dejó mareada, lo que provocó que me desequilibrara un poco.
-Cuidado-dijo el muchacho con una sonrisa un tanto burlona y estirando los brazos de manera involuntaria para contenerme.


Lo miré con una furia intensa, y di un paso hacia atrás para que no me tocara.

-Lo siento- replicó, bajando la mirada con cara de ofendido.

Una extraña sensación me revolvió el estómago cuando vi que había herido sus sentimientos. No quería que se sintiera así, y menos por mi culpa.

-Yo… mira… no…- No podía formar palabras coherentes. El chico me miró intensamente otra vez. Me quedé congelada un momento. Cuando me recuperé, solté un bufido de frustración, di la vuelta y me marché rápidamente sin decir más nada.
 Me detuve afuera de la cafetería sin saber hacia dónde ir. Caminé hacia la derecha sin tener rumbo fijo y doble en la esquina. Saqué mi celular y marqué un número.

-Taxis Lucius- contestó la voz femenina al otro lado de la línea-¿en qué puedo ayudarle?- añadió.

No sabía muy bien donde me encontraba. Vivía en esa ciudad hace ya muchos años, pero no solía salir mucho. Los únicos lugares que visitaba eran la tienda de música, la librería, algunos cafés. Y de vez en cuando el cine cuando Clarice y Josh, mis amigos, me invitaban.

-Ncesito un taxi, me encuentro en la librería Longshire-mentí, pero era mejor devolverme a la librería que admitir que no sabía dónde me encontraba.

-Por supuesto señorita, ¿Cuál es su nombre?-constó la mujer de forma inmediata.
-Josefina Dupont-agegué.
-Muy bien Srta. Dupont, su taxi estará allí en quince minutos-por el cambio en el tono de su voz, supe que reconoció el apellido de inmediato. Yo pertenecía a una de las familias más importantes de la ciudad, mi padre era parte de la junta directiva de un banco internacional y teníamos bastante dinero, además el apellido Dupont no era muy común, mi padre lo había heredado de mi abuelo Jacques Dupont que era francés, y yo lo había heredado de el. No había nadie más en la ciudad con ese apellido.

Presioné el botón para colgar y guarde el celular de vuelta en el morral. Quince minutos, eso me daba tiempo suficiente para llegar a la librería. Me devolví por donde había caminado antes, doble en la esquinas y seguí derecho, a lo lejos divisé la cafetería no quería pasar por allí otra vez, el chico de los ojos grises probablemente estaría allí y no deseaba topármelo de nuevo.
-No seas cobarde-me dije a mí misma-es solo un chico, como cualquier otro-intenté convencerme de esas palabras-no tienes nada de que preocuparte-estaba determinada a pasar por allí e ignorarlo totalmente.
Pasé por fuera de la cafetería y mi determinación se hizo añicos. Miré involuntariamente buscando su rostro entre los clientes, pero él ya no estaba allí. Por alguna extraña razón me sentí decepcionada. Lo que me hizo sentir muy extraña. Yo jamás me había sentido de esa manera y menos por un total desconocido. Suspiré e intenté no pensar en ello.
Llegué  a la librería en algo más de 10 minutos y esperé por el taxi. Miré el reloj, eran las 2:48. Levanté la vista y vi el taxi venir por el oeste. Alcé mi mano para llamar la atención del chofer. Se detuvo justo frente a mí. Me subí a la parte trasera del vehículo y cerré la puerta suavemente.

-¿A dónde desea ir, señorita Dupont?- preguntó el conductor mientras me miraba por el espejo retrovisor.
-Dominico con la avenida 10-contesté
-Muy bien Srta. Dupont- dijo estas palabras y puso en marcha el automóvil amarillo.

Dominico con la avenida 10 quedaba a unas cinco cuadras de mi casa, pero sentí que me haría bien caminar y tomar un poco de aire antes de llegar a casa.

Miré los árboles desparecer a un costado de la vía mientras el vehículo avanzaba por la avenida principal de la ciudad y luego tomaba otra calle para dirigirse hacia el sur. Cerré los ojos e inspiré profundamente tratando de olvidar el incidente de la cafetería, pero no tuve éxito. De pronto el chofer interrumpió el hilo de mis pensamientos.

-Hemos llegado-anunció el chofer.
-Muchas gracias- repliqué, poniendo en su mano un billete- quédese con el cambio- musité.
Esto… gracias-dijo el taxista sonriendo.

Me bajé del vehículo y empecé a caminar en dirección a casa. Intenté distraerme con cualquier cosa para no pensar en ese muchacho, pero de alguna manera u otra todos mis pensamientos volvían a él. Me resigné y deje de intentarlo. No tenía caso ignorar que ese muchacho me había afectado, ahora lo importante era averiguar por que.
Llegué a casa más rápido de lo esperado, subí a mi habitación, puse el morral y la bolsa sobre el escritorio, y me tendí sobre la cama un rato. Un sonido interrumpió mis pensamientos y me hizo reír, mi estómago se quejaba por la falta de comida. Había olvidado por completo que no había almorzado, si mi estómago no me lo hubiera dicho, o más bien, reclamado. Bajé las escaleras en dirección a la cocina, me preparé un sándwich de queso y jamón, y lo comí sentada en uno de los taburetes dispuestos a lo largo de la barra que usábamos como comedor de diario.
Después de haber terminado mi aperitivo me dirigí a la sala de estar para ver una película, necesitaba que las horas pasaran rápido y esa era la mejor manera. Seleccioné una de las muchas películas que estaban en la estantería de la sala, la puse en el reproductor de Dvd y encendí el televisor. La pantalla se puso azul, busqué el botón de play y lo presioné. La película era una de mis favoritas, sentido y sensibilidad, había leído el libro y me encantaba la historia, en general me gustaban las historias en que el amor triunfaba a pesar de la adversidad, aunque consideraba que no eran muy realistas, había algo en ellas que me llamaba la atención, quizás la manera en que una mujer espera pacientemente por la atención de su amado, sufriendo por dentro mientras ve como le pertenece a otra o peor la ignoraba, quizás era la forma en que el amor nublaba el juicio y hacía perder la razón a los protagonistas, o simplemente la idea de que alguien tuviera un final feliz por muy ficticio que fuera.
Las horas pasaron volando mientras veía la película, cuando acabé de verla el sol ya se estaba poniendo y el cielo había adquirido un ligero matiz naranja que apenas se dejaba ver entre las nubes.
Subí a mi habitación y tomé uno de los libros que había comprado, la autora era Isabel Allende, no era uno de sus libros más conocidos, pero ya había leído algo de ella en el pasado y disfrutado de su obra.
Me senté en un sillón que estaba junto a la ventana más grande que había en mi habitación y encendí la lámpara, abrí el libro y comencé a leer. Después de más de una hora suspiré y cerré el libro, ya iba por la mitad, puse el marcador entre las hojas y lo puse sobre la mesita de noche, que es donde usualmente mantenía el libro que estaba leyendo.
Saqué el pijama de debajo de mi almohada y me lo puse, activé la alarma ya que debía ir a la escuela al día siguiente, apague la lámpara y me metí en la cama. Cerré los ojos intentando dormir, pero no lo conseguí, mis pensamientos estaban llenos de preguntas que no sabía como contestar. Me quedé mirando al techo largas horas como si las respuestas a mis interrogantes estuvieran en él, lo único que conseguía era pensar en los ojos grises del muchacho que había conocido en la cafetería.

-Basta- me dije en voz alta-es un chico cualquiera y probablemente no lo volverás a ver nunca más- la perspectiva de no tener que topármelo me hacía sentir aliviada, pero al mismo tiempo me disgustaba.

Miré la hora en el reloj, este marcaba las 3:49 de la mañana.

-Genial-murmuré en tono sarcástico, ahora me quedaban algo más de dos horas para dormir. Seguro tendría un aspecto horroroso por la mañana.
Me di la vuelta rogando poder conciliar el sueño.

Capítulo II: Una voz


No sé cuanto tiempo habré estado reflexionando sobre la extraña sensación que tenía, pero en algún minuto cerré los ojos y me quedé dormida. Desperté temprano por la mañana otra vez, pero más temprano que el día sábado, me levanté rápidamente para comprobar si el día estaría nublado nuevamente o soleado como a mi tanto me gustaba. El sol aún no salía, es más, aun estaba un poco oscuro, me acerqué a la cama para comprobar la hora en el reloj que estaba sobre la mesita de noche y me di cuenta que solo eran las 6:03, suspiré y dejé el reloj en su lugar. Era lo suficientemente temprano como para volver a la cama y dormir un par de horas más, pero sabía que no podría hacerlo, una vez que me paraba de la cama era imposible volverme a dormir, siempre había tenido ese problema, y quizás por eso también tenia esas profundas ojeras bajo mis ojos, por alguna razón nunca había podido tener un sueno realmente reparador, siempre despertaba con el minimo ruido o sumamente temprano, sin poder volver a descansar como cualquier otro ser humano normal lo hacia, pero a decir verdad, nunca me había considerado demasiado normal.
La calefacción estaba apagada, por lo que sentí un poco de frío pensé que una ducha tibia me calentaría el cuerpo, me quité el pijama y eché a correr el agua, el agua caliente sobre mi piel quemaba al principio, pero cuando al fin me acostumbré a la temperatura, la lluvia que caía desde la regadera se sentía como una caricia suave y protectora que rozaba mi piel tiernamente, envolviéndome en un abrazo tibio. Corté el agua, tomé la toalla y me envolví en ella para buscar algo de vestir. Al salir del baño la temperatura cambió bruscamente e hizo que los vellos de mis brazos se erizaran y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde la nuca hasta la punta de los pies. Abrí el armario y tomé unos jeans gastados, una camiseta azul y un sweater blanco, me los puse rápidamente y me calcé unas zapatillas. Llevé la toalla al baño e hice mi cama, mientras la hacía, mi cabello, que me llegaba hasta los codos, se mecía de un lado a otro mojando mi sweater, por lo que decidí secarlo. Tardé un largo rato secándolo ya que tenía mucho cabello, pero al menos así el frío se me quitó y mi cabello se veía ordenado.
Volví a mi habitación y miré el reloj otra vez, eran las 6:58, todavía era demasiado temprano. Encendí el computador, me pareció una eternidad lo que se demoró en encender, aunque solo fuera un par de minutos, la casa estaba en completo silencio y esto hacía parecer al computador lo más ruidoso del mundo.
Cuando al fin encendió y hube ingresado la clave, me dirigí  a la bandeja de entrada para leer mis correos, había tres mensajes, todos correos basura, los eliminé y cerré la bandeja. Abrí el navegador de internet y tipié una página donde recomendaban libros, me pasé un largo rato ahí, anoté algunos en un papel y cerré la página. Abrí el reproductor de música y seleccioné la reproducción al azar. Miré la hora en el computador, eran las 7:32, tomé un esmalte de uñas negro y me pinté las uñas, adoraba píntame las uñas de negro. La música sonaba de fondo mientras esperaba que el esmalte se secara.
Cuando al fin terminé, me dirigí hacia la gran estantería de mi pieza que estaba llena de libros, los había leído todos, pero disfrutaba releyéndolos y buscándoles nuevos significados a las palabras, escogí entre los textos uno llamado Emma de Jane Austen, creo que solo lo había leído una vez y me pareció una buena oportunidad para comenzarlo nuevamente. Como siempre me abstraje totalmente y me perdí entre las páginas que parecían absorberme hasta hacerme parte de la historia, adoraba esto de los libros, me permitían pertenecer a un mundo completamente diferente, aunque fuera solo por unas horas. De pronto mi padre irrumpió en mi pieza.

-Elle- dijo mi padre llamándome por mi diminutivo- Surgió algo en el banco y debo viajar a España- las palabras sonaban como una disculpa- Tendré que ausentarme durante toda la semana, si me apresuro y tomó el vuelo de las 2 quizás llegué a tiempo- dijo mientras miraba su reloj.

Suspiré profundamente y contesté

-Está bien papá, no te preocupes, tengo 17, creo que puedo cuidarme sola- dije un tanto santurrona.
-Lo siento cariño, de verdad que sí, pero si no fuera sumamente importante tu sabes que preferiría quedarme contigo- lo decía enserio.
-Lo sé papá, y no te preocupes, de todas maneras mañana comienzan las clases por lo que no estaré mucho tiempo en la casa- dije mientras le dedicaba una sonrisa cortes.
-Gracias por entenderme dulzura. Ya hablé con Lila y acordamos en que se quedará contigo por las noches-anadi’o
-No es necesario- repliqué- Lila tiene su familia y yo puedo quedarme sola, la casa es segura y un par de noches sola no me matara- dije en tono burlón.
-Claro que lo es Danielle- dijo en tono preocupado y casi de reprimenda- tú eres lo único que me queda y no dejaré que nada te pasé- la voz se le quebró un poco al decir esto- te quedarás con Lila y punto-esta vez su voz era seria, estaba dando una orden.
-Está bien papá- dije agachando la cabeza- no era mi intención desobedecerte, simplemente lo decía por Lila, pero gracias por preocuparte por mí- dije con real agradecimiento.
-No me des las gracias hija, yo te quiero mucho y me nace preocuparme, no lo hago como un favor- dijo con voz suave, tal vez porque se dio cuenta que había ocupado un tono muy brusco. M besó en la frente y se dirigió a su habitación para empacar.

Guardé el libro y me dirigí a la pieza de papá que se encontraba al final del pasillo.
Mi padre siempre se pon’ia un poco sentimental cuando tenia que viajar y dejarme sola, lo entendía, después de todo hace muchos anos que eramos solo los dos. Para el había sido muy difícil la partida de mam’a, después de todo era el amor de su vida, y no lo culpaba por haberse vuelto tan sentimental.

-¿Papá?- dije con dulzura, siempre ocupaba ese tono cuando quería algo- ¿Crees que cuando vayas camino al aeropuerto puedas dejarme cerca del centro?-añadí una sonrisa a mis palabras.
-Claro- dijo sin mirar mientras buscaba algo en el armario- tienes que estar lista las 12:30 para que salgamos y no debes volver muy tarde- no podía evitar ser sobre protector- solo recuerda llevar tu celular y yo te daré algo de dinero.
-Gracias- sonreí ampliamente dejando ver los dientes, me di la vuelta y me dirigí a mi habitación.

Busqué en una cómoda mi morral y puse en ella algunas cosas que necesitaba, como mis llaves, el celular, la billetera y la lista de libros que quería comprar. Miré el reloj eran las 12:15, tomé una chaqueta, ya que pude comprobar que el cielo estaba gris otra vez, esto definitivamente no podía ser una buena señal, pensé para mis adentros. Caminé hacia la habitación de mi padre, que estaba al final del pasillo. Toqué la puerta a pesar de que estaba abierta, lo hacía con la intención de captar la atención de papá.

-Estoy lista- dije entusiasmada, no es que m entusiasmara la idea de que papá se fuera lejos, sino saber que iría a la librería y luego a comprar discos.
-Ayúdame a bajar mi equipaje entonces- dijo mientras ponía las maletas en el piso.

Me acerqué y tomé el bolso más pequeño, mientras papá tomaba la maleta grande. Bajé las escaleras y puse el bolso en el piso mientras buscaba las llaves dentro de mi morral, desactivé la alarma y abrí la puerta de la cocina que daba al cobertizo donde se encontraba el auto, puse la maleta nuevamente en el suelo y apreté el botón del portón eléctrico para que se abriera. Papá llegó a mi lado y abrió la maletera, pusimos las cosas ahí y el se subió al auto, yo activé la alarma nuevamente y le pasé el cerrojo a la puerta, di la vuelta al auto y me subí en el asiento del copiloto.

-¿Tienes todo?- preguntó papá de manera impaciente, apresurándose en bajar sus cosas para ponerlas en el Porsche  Cayenne color plata, que tanto cuidaba y adoraba.

Eché una mirada a mi morral y le contesté.

- Si papá, tengo todo-dije mirando el morral que estaba sobre mi regazo.

Encendió el auto y retrocedió para ponerse en marcha. El trayecto fue incómodo y en silencio. Papá y yo no acostumbrábamos a pasar mucho tiempo juntos, y cuando lo hacíamos ninguno de los dos sabía que decir. Llegamos rápidamente al centro, no nos tardamos mas de 15 minutos, pero a mi me pareció eterno.

-Gracias papá- le dije mirándole a los ojos y dedicándole una sonrisa dulce- Que tengas un buen viaje- le dese’e.
-Gracias cariño- dijo papá devolviéndome la sonrisa-Lila llegará mañana por la mañana, así que estarás sola esta noche- dijo mientras yo abría la puerta del vehículo-Recuerda dejar todo con llave y la alarma encendida- allí estaba otra vez ese tono sobre protector.
-Lo sé papá, no te preocupes, estaré bien-dije suavemente para tranquilizarlo-Vuelve pronto- le sonreí e hice un gesto con la mano en forma de despedida.
-Volveré lo antes posible- contestó y respondió mi gesto con la mano.
Cerré la puerta y caminé en dirección a la librería. Cuando llegué abrí la puerta y respiré profundamente para que el olor de libros me inundara.
-Hola Josefina- dijo la encargada de la tienda mientras revisaba unos papeles que estaban sobre el mesón. La chica de unos 22 años ya me conocía, ya que yo iba al menos una vez a la semana para actualizar mi surtida variedad de libros.
-Hola Alexia- contesté sonriente para ser cortes, la chica de la librería ya me conocía hace mucho, ya quera asidua a la libreria.

Caminé hacia las estanterías buscando los títulos que había anotado en el papel. Me tomé mi tiempo para revisar si había llegado algo nuevo. Cuando encontré lo que buscaba me dirigí hacia el mesón para pagar los libros. Le entregue la tarjeta de crédito que papá me había regalado en mi cumpleaños número 13.

-¿Sólo 2 libros?- preguntó la chica en su voz aguda. Acostumbrar a ir semana por medio y  llevar 4 o 5 libros, por lo que debi’o de parecerle extraño que el numero se hubiera reducido a la mitad.
- Si, esta semana comienzo la escuela y no tendré mucho tiempo-dije haciendo una mueca de disgusto.

La chica pasó la tarjeta y cobró los libros, me devolvió la tarjeta y me entregó el recibo.

-Aquí está-dijo mientras me pasaba una bolsa negra con el logo de la tienda.
-Gracias- contesté. Y luego me marché, haciendo sonar la campana de la puerta mientras cruzaba el umbral hacia la calle.

Caminé un par de cuadras al norte y entré a la disquería. Estuve alrededor de media hora allí, pero no encontré nada de mi agrado que ya no tuviera. Caminé fuera de la tienda con decepción, observé mi reloj, marcaba las 2 de la tarde. No tenía hambre pero un café no vendría mal. Caminé tres cuadras al oeste y entré a una cafetería, había fila, no me importó no tenía que llegar a ninguna parte, es mas ansiaba matar el tiempo de alguna manera. Había unas tres personas delante de mí. De pronto escuché una voz masculina que me cautivó completamente.

-Capuchino doble-dijo la cautivadora voz.

Por algún motivo mi corazón se aceleró por razones que no comprendía. Mis manos comenzaron a sudar y tragué saliva excesivamente rápido, mi pulso comenz’o a acelerarse también, tanto que casi podía sentir las palpitaciones en mi cuello. Se me dificultaba la respiraci’on, como si estuviera a punto de darme un ataque de asma, l oque me pareci’o muy extraño, ya que siempre había tenido muy buena salud.

-Gracias-dijo la voz, sonaba mucho más dulce ahora que le prestaba completa atención. La voz entr’o en mis oídos como dulce música, serenando un poco la reacción que mi cuerpo había tenido al escucharla hace un par de segundos atras, despertando toda mi curiosidad.

Observé como el muchacho salía de la fila y se giraba en mi dirección seguramente para buscar una mesa. El chico miraba su café y quitaba la tapa para comprobar si su pedido era correcto. Levantó la mirada y entonces mi corazón se detuvo.




Capítulo I : Día Gris


Abrí los ojos esperando que el sol me golpeara con fuerza en la cara como usualmente lo hacía en esta época del año, las ventanas de mi habitación tenían cortinas, pero no eran lo suficientemente oscuras para evitar que el sol de la mañana pasara por ellas. Una extraña luz blanca iluminaba la habitación, no era la típica luminosidad amarilla de los cálidos y reconfortantes rayos del sol filtrándose por el cristal de la ventana en un dia de verano, era una luz potente, molesta, opaca. Me giré hacia un costado para alcanzar mi reloj, este marcaba las 8:27 de la mañana.
Quité la sábanas que me envolvían hacia atrás y me senté en la cama lentamente, tratando de evitar aquellos mareos ocasionados por enderezarse muy bruscamente, puse mis manos en mi rostro y apreté mis ojos con ellas, intentado alivianar un poco la molestia que aquella luz me ocasionaba y acostumbrándome a ella, me retiré el pelo de la cara y me puse de pie, quería averiguar de donde provenía esa extraña luz, que no se parecía nada al agradable sol al que estaba acostumbrada y que tanto me gustaba. Caminé hacia la ventana más grande que estaba ubicada frente a la puerta de mi habitación, la que le daba gran amplitud, dando la apariencia de que esta fuera más grande de lo que era, abrí las cortinas de par en par en un movimiento rápido y con fuerza, la luz me golpeó de manera potente y violenta, por lo que tuve que cerrar los ojos para no dañármelos por el repentino cambio. Cuando mi vista por fin se acostumbró a la luz blanca, comprobé que esta provenía de entre las nubes, el cielo estaba nublado y la luz se colaba desde el cielo sin dejar ver el sol.
 Esto no podía ser bueno, aún estábamos en verano, lo único que pude pensar fue que era una señal, una señal de que este año escolar que comenzaba el lunes sería igual que hoy, sería un día gris. Dejé las cortinas abiertas y caminé para abrir las otras, la luz blanca me molestaba, pero no más que la deprimente oscuridad, por alguna razón los días nublados y yo no congeniábamos, era como si la luz del sol fuera mi fuente de energía y en un dia nublado se viera totalmente bloqueado, poniéndome nostálgica y de un humor apagado.

Bajé las escaleras en dirección a la cocina para prepararme y servirme algo de desayuno. La gran casa estaba vacía como de costumbre, papá se había ido temprano al trabajo como lo hacía de costumbre y Lila, la empleada, aún no llegaba. Cogí un de las cajas de cereales que había en la despensa y puse un poco en un bol, le agregué leche y lo comí lentamente, casi en cámara lenta.

Cuando hube terminado enjuague mis cosas y las dejé secando, no era necesario que lavara mis cosas, teníamos a alguien que lo hiciera por nosotros, pero no me sentía demasiado cómoda sabiendo que otra persona hacía todo por mí, aunque Lila siempre insistía en hacerlo, aquella mujer era una santa.
Subí las escaleras de vuelta a mi habitación, hice la cama y me senté en ella un minuto, para escuchar el agradable silencio de la casa vacía. La compañía no me molestaba, pero encontraba algo muy agradable en estar sola, podía refugiarme en ella, pasaba la mayor parte del tiempo sola,  y había aprendido a disfrutarla y hasta valorarla como un placer.
Fui a mi baño y tomé una ducha rápida, me vestí sin darle mucha importancia a lo que me ponía, un jeans y una camiseta cualquiera, no me abrigué mucho ya que la casa estaba templada, supongo que papa ajustó el termostato antes de irse al banco, aunque no siempre estaba conmigo, era sumamente preocupado, quizás demasiado, pero era lo clásico que hacia un padre sobre protector como el mío, y la verdad es que tampoco lo culpaba, las situaciones que nos había tocado vivir y nuestras circunstancias, en cierta medida lo ameritaban.
 Me tendí sobre la cama y tome el libro que estaba en mi mesita de noche, sueño de una noche de verano citaba el título, iba por la mitad aún, pero ya sabía como terminaba, dado que era la sexta o séptima vez que lo veía, era la típica historia llena de dramas amorosos que acababa con un final feliz, me gustaba ese tipo de historias, principalmente porque consideraba que eran puras fantasías, por lo que en ellas podía refugiarme de mi propia realidad.
No me di cuenta de cómo pasó el tiempo, estaba tan pérdida en la historia que me llevé un susto cuando Lila llamó a mi puerta avisando que el almuerzo ya estaba listo para servirse, ni siquiera la había sentido llegar.

- Gracias Lila - dije mientras le dedicaba una sonrisa.

Lila era una gran persona, trabajaba en la casa desde que tengo memoria, era muy atenta conmigo, me consentía en todo, creo que quizás sentía algo de lástima por mí, ya que papá siempre estaba trabajando y mi madre había muerto de cáncer cuando yo tenía 5, o quizás no era lástima sino cariño, realmente desconocía sus verdaderas intenciones, pero si había algo de lo que no podía dudar y era que ella era una gran mujer, algo torpe y olvidadiza a veces, pero una gran mujer al fin de cuentas.

Puse un trozo de papel entre las páginas del libro para recordar el capítulo en donde había quedado y lo puse sobre la mesita de noche, para retomar la lectura más tarde.

Bajé ágil y rápidamente por las escaleras, una agilidad muy propia mía, heredada de mi madre según mi padre, debido a todos los años de su vida que le dedicó al ballet, por desgracia no había heredado sus habilidades para la danza.

El aroma de la salsa de tomate y el queso me golpearon en la cara cuando entré a la cocina, inundándome con ese exquisito y apetitoso olor.

-Huele delicioso, espero que sepa igual- Le dije a Lila dedicándole una gran sonrisa cómplice. Aquella mujer cocinaba como los dioses. - ¿Qué es?- le pegunté a Lila con curiosidad.

-Lasaña, preciosa- dijo de forma cariñosa y sonriente, mientras la sacaba del horno y ponía sobre un paño en el largo mesón de la cocina.

-Adoro la lasaña- dije mientras frotaba mis manos para demostrar ansiedad. Lila lo sabía, sabía que era mi comida favorita, y por lo mismo la hacía al menos semana por medio.

Lila cortó dos trozos de lasaña, uno para ella y otro para mí, puso lo s platos sobre la barra de la cocina, que ambas usábamos a modo de mesa y sirvió dos vasos de agua.

-Esto está realmente delicioso Lila, tienes que enseñarme a cocinar tan rico como tú- Dije mientras tomaba otro bocado ansiosa de llenar mi estomago con aquel magnifico manjar.

-Cuando quieras corazón- contestó dulcemente, con la voz jovial que la caracterizaba.

Terminé de comer sin hablar, solo escuchando las historias de Lila sobre sus hijos que ya estaban en la universidad. Tomé los platos y los puse en el fregadero.

- Gracias Lila- pronuncié mientras volvía a mi cuarto.

- De nada Danielle- dijo más alto de lo que debía ya que yo me estaba alejando  apresuradamente por las escaleras.

Llegué a mi habitación y me dirigí al baño para lavarme los dientes. Mire mi rostro pálido y ojeroso en el espejo. Yo no era la típica chica linda, era una chica común y corriente, cabello castaño claro y liso, con algunas ondas en las puntas, ojos cafés y grandes, una nariz mediana y labios proporcionales a mi rostro. Era una chica corriente, quizás demasiado comparada con mis compañeras de escuela, donde todas eran rubias con cabelleras despampanantes y ojos azules o verdes, yo no llamaba la atención, especialmente alrededor de ellas, quizás hasta desencajaba entre tanta chica de catalogo de modas, yo pasaba totalmente desapercibida, y realmente no era algo que me preocupara demasiado, encajar entre tanta chica superficial no era algo que me emocionara.

Tomé mi libro y lo retomé donde lo había dejado, no me faltaba mucho así que lo terminé en  cuestión de minutos. Guardé el libro en la estantería y encendí el televisor, pasé los canales rápidamente tratando de encontrar algo interesante para ver, me detuve en una de esas series adolescentes ricos que tratan temas superficiales y tienen más dramas en un día que cualquier persona normal en toda su vida. La dejé ahí, ver uno de esos programas era una buena manera de pasar el tiempo, y no tenía que concentrarme demasiado para entender la trama.

La tarde se me pasó volando, solo me di cuenta de la hora cuando dieron comerciales y noté que la habitación estaba a oscuras, me levanté para cerrar las cortinas y encender la luz, no podía creer que el día hubiera terminado y no hubiera hecho nada realmente productivo, pero bueno la verdad esa había sido la tónica de estas vacaciones.
Solo me quedaba el día domingo y luego tendría que entrar a clases otra vez, solo un día para comenzar el último año en la escuela, la desesperación me invadió por un minuto, no quería terminar la escuela, no aún, no es que fuera muy sociable ni participara mucho en las actividades escolares, pero allí estaban mis dos mejores amigos, y comenzar este año significaba comenzar la despedida, además sabía que este año no podría compartir mucho con ellos.
Clarice y Josh, eran mis amigos desde hace años, pero el último tiempo no había podido compartir mucho con ellos, ya que Clarice se había dado cuenta de los profundos sentimientos que Josh había tenido por ella desde hacía mucho tiempo, y al fin había podido correspondérselos, por lo que comenzaron una  intensa y romántica relación típica del primer amor, y desde ese día comencé a sentir que sobraba. Ellos insistían en que mi compañía no era una molestia, es más que disfrutaban de ella igual como lo hacían antes, y quizás no lo era, quizás yo estaba en un error, pero me sentía bastante incómoda dado que todo el tiempo estaban besándose y haciéndose todo tipo de arrumacos y todo ese tipo de cosas que los novios hacen, no me molestaba para nada, ni sentía envidia, es más estaba muy feliz por ellos, pero simplemente sentía que mi presencia no era del todo necesaria.

De pronto Lila llamó a mi puerta.


- Tu padre ya llegó Danielle, baja para que cenes con el- Lo dijo como orden, pero sin sonar autoritaria.

- Claro Lila, voy de inmediato- dije mientras me ponía de pie.


Como de costumbre cenaba todos los días con mi padre. Eran pocos los momentos que compartíamos, pero la cena era uno de ellos, casi como un ritual, algo que no podía faltar, y que aunque no lo  dijéramos, nos hacía muy feliz a ambos.

 Me metí en el baño para arreglar mi cabello, y baje rápidamente.


-Hola papá- dije mientras me acercaba para besar su mejilla cariñosamente como lo hacía siempre después de un largo día.

-Hola querida- dijo con sonrisa amable - ¿Cómo estuvo tu día?- Dijo mientras se sentaba en la mesa del comedor.

- Lo mismo de todos los días- dije con cierta apatía, mientras jugueteaba con los cubiertos. Acaso de verdad creía que había hecho algo nuevo?

- ¿Y el tuyo?- pregunté solo por cortesía ya que conocía la respuesta.

- Con mucho trabajo- respondió de manera automática y monótona.

Lila sirvió la cena y se retiró a la cocina. Papá y yo comimos en silencio, dedicándonos sonrisas incómodas para llenar los silencios que inundaban el comedor. Cuando hubimos terminado Lila recogió los platos, los lavó y luego se marchó a su casa. Papá se retiró a la sala de estar para ver la televisión y yo lo seguí, vimos las noticias juntos y luego me despedí deseándole buenas noches. Subí a mi habitación, eran las 9:30 de la noche, demasiado temprano para dormir.

 Tomé mi guitarra que estaba en un rincón de la habitación y comencé a tocarla y tararear una melodía. Cantar era mi único talento, ya que a pesar de haber heredado la agilidad de mi madre, no había heredado su sentido del ritmo.
Toqué alrededor de una hora y luego guardé la guitarra en su estuche para que no se dañara. Mis dedos estaban algo adoloridos, ya que no acostumbraba a utilizar uñeta para rasguear las cuerdas, los apreté para calmar un poco el ardor y esperara a que retomaran el color pálido natural de mi piel.
Me lavé los dientes, me puse pijama y apagué la luz, me deslicé en la cama, pero no podía dormir, por alguna razón algo me molestaba, y no podía averiguar que. Saque los brazos de debajo de las sábanas y los puse sobre el cubrecama, miré hacia al techo y me quedé así tratando de averiguar la razón de mis preocupaciones, buscando explicaciones en el cielo blanco de mi habitación, como si algún ser mágico fuera a darme respuestas, sabía que no era así, pero en realidad, no me importaba, esperé un largo rato de esa manera hasta que una oleada de cansancio inundo mi conciencia y me deslizó hacia el país de los sueños.

Epílogo


Tomó mi cara entre sus manos, y posó sus ojos sobre los míos como queriendo averiguar lo que escondían, recorrió mi rostro con su mirada hasta que se detuvo en mis labios. Pude sentir como su respiración se apresuraba, lo noté porque la mía hacía lo mismo. El calor de su piel quemaba mientras se acercaba cada vez más a mí, ese momento duró una eternidad. Sus labios presionaron suavemente contra los míos lo que detuvo mi aliento, e hizo que mi corazón palpitara sin control. Se separó lo suficiente de mí para poder mirarme a los ojos, esbozó una leve sonrisa y susurró en mi oído.

-Nunca estarás sola otra vez, no mientras me queden fuerzas para mantenerme a tu lado. 
  Sus palabras resonaron en mi cabeza, cerré los ojos intentado asimilar el peso de ellas 
  y deseando con todas mis fuerzas que fueran verdad.

Su nariz se deslizó lentamente, rozando mi rostro desde un costado hasta llegar a mis labios nuevamente. Con una de sus manos me quitó el cabello de la cara y la otra se deslizó por mi brazo, haciéndome estremecer por el contacto, llegó hasta mi mano y la tomó dejándola en su pecho, cerca de su corazón, pude sentir sus latidos fuertes y seguros. Colocó su mano derecha en mi cintura y acercó mi cuerpo contra el suyo, con la mano izquierda tomó mi mentón y acercó mi cara hasta que estuvo a tan solo un par de centímetros del suyo, deslizó su mano por mi mejilla y puso sus dedos entre mi cabello, hice lo mismo con la mía, sin quitar la otra de su pecho, cerré mis ojos y respire profundo. Sus labios tibios ya estaban en los míos deslizándose lentamente, pero con fuerza abrazadora, mis labios tomaron su curso. Desee con todas mis fuerzas poder responder a sus palabras con una promesa tan importante como la suya, sintiendo miedo de que al abrir mis ojos no hubiera sido más que un sueño.

No es suficiente

Recuerdo cuando tu mirada solía detener mi respiración, cuando mi piel anhelaba el roce de la tuya con tal ansia que cuando te alejabas sentía el ardor de tu ausencia, recuerdo la proximidad de tus labios mientras tu aliento se colaba en mi boca, mi corazón se aceleraba y mi alma deseaba combinarse con la tuya, esos momentos que no son más que recuerdos, una borrosa imagen de nuestro pasado que ya no es nuestro. En algún minuto todo comenzó a decaer, y observé como se desvanecía a mi alrededor, como se derrumbaba pedazo por pedazo, y simplemente fui una espectadora del desastre, sin saber como ayudar, y quizás sin querer hacerlo. Intento descifrar cuando llegamos al punto de no retorno, y creo que lo sé, estuve ahí, pero guardé silencio, al principio no entendí por que lo hice, pero ya lo sé, hubo algo que me impidió moverme o reaccionar, fui yo, en algún rincón de mi inconsciente sabía que no era correcto, sabía que no estaba bien el daño que infringías en mi, no estaba bien tanto sacrificio, tanto sufrimiento, no se suponía que debía ser así, el amor no debe ser así. Miró hacia atrás con tristeza, más no con arrepentimiento, no estuvo bien, pero de no haberme equivocado, no habría aprendido la lección, no habría aprendido que el amor no es suficiente.